martes, 16 de abril de 2013

PINTORES VALLISOLETANOS OLVIDADOS: Aurelio García Lesmes I


Aurelio García Lesmes nació el 8 de julio de 1884, en el número cuatro de la calle de Acibelas, del vallisoletano y popular barrio de San Andrés, en cuya parroquia fue bautizado seis días después. Fueron sus padres Hilario García González y Lucila Lesmes Herrero.
Su vocación pictórica se manifestó ya de joven, por lo que decide ingresar en la Escuela de Artes y Oficios de Valladolid, que conocía a comienzos del siglo XX su mejor momento bajo la dirección de José Martín y Monsó. Por estos años, las aulas de dicha escuela verían pasar a un grupo muy selecto de artistas que alcanzarán notoriedad más tarde: los escultores Moisés Huerta, Ignacio Gallo, Tomás Argüello, y los pintores Aurelio Arteta, Anselmo Miguel Nieto, Puchol y Castro Cires, entre otros. Su paso por la Escuela de Bellas Artes de Valladolid fue una sucesión de premios y galardones, destacando entre sus compañeros al obtener las mejores calificaciones y comenzar a sobresalir en el modesto ambiente pictórico de la ciudad. Uno de sus primeros éxitos fue el premio obtenido en 1904 en el concurso celebrado por la Academia de Bellas Artes vallisoletana por su lienzo de tipos castellanos titulado La vuelta de la siega.

El joven Aurelio García Lesmes
Aurelio García Lesmes
La vuelta de la siega
Vista la progresión del joven, la Diputación de Valladolid decide otorgarle en 1903 una pequeña pensión con la que poder completar su formación asistiendo en Madrid a las clases de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Allí permaneció cuatro años, cursando las distintas asignaturas de dibujo y pintura. Será ahora cuando se inclinará definitivamente hacia el paisaje, influyendo en su creciente interés por esta temática su admiración por el valenciano Antonio Muñoz Degrain, catedrático de paisaje de dicho centro. A pesar de tener ciertos enfrentamientos con algunos profesores excesivamente conservadores, acaba sus estudios con las mejores calificaciones, especialmente en la asignatura de paisaje. Seguramente de esta época en la Academia de San Fernando sean los siguientes dibujos, cuyas copias pudo ver allí, y posiblemente sean las mismas que ahora se pueden contemplar en el Museo de Reproducciones Artísticas sito en la vallisoletana Casa del Sol:


Diadumeno
Dionisos
Discóbolo
Discóbolo
Venus
El marco en el que los primeros españoles de la época se daban a conocer y competían por el triunfo y el reconocimiento eran las ya por entonces denostadas Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, que se celebraban anualmente en Madrid, desde mediados del siglo XIX. A ellas concurriría en numerosas ocasiones García Lesmes, a partir de 1906. A la referida Exposición Nacional de 1906 concurrió con seis obras, consiguiendo con una de ellas una de las numerosas menciones honoríficas que ese año entregó al jurado.

Trigos
En la segunda de 1920 comienza a ser conocido en el panorama pictórico madrileño. De 1910 a 1912 es asiduo contertulio del Nuevo Café de Levante, en el número 15 de la Calle del Arenal, donde se reunía la plana más brillante de la literatura y las artes, bajo la presidencia de Valle-Inclán y Ricardo Baroja. Nombres como los de los escritores Julio Camba, Pio Baroja, Pérez de Ayala, los Machado, Corpus Barga, Eduardo Zamacois…; y entre los pintores y escultores: Anselmo Miguel Nieto, Romero de Torres, Solana, Rafael de Penagos, Pompey, el caricaturista Sancha, Julio Antonio, Victorio Macho, Capuz, etc.
En dichas tertulias conoció al que iba a ser su verdadero maestro, Darío de Regoyos, quien iba a descubrirle su verdadero camino, influyendo decisivamente en su concepción del paisaje. El le enseñó a descubrir y valorar la sinceridad en el paisaje y le puso en contacto con las novedades de la pintura europea del momento. De Regoyos tomaría ese concepto humilde y poético del paisaje, su repulsa por lo retórico y grandilocuente, la luminosidad y variedad de tonos cromáticos, así como su misma técnica post-impresionista.
A pesar de que en estos años se instala en Madrid, consciente de la necesidad de desarrollar su carrera en la capital de España, son frecuentes sus viajes a Valladolid, permaneciendo largas temporadas en su ciudad natal, adonde llegaban las noticias de su éxito y en donde gozaba ya de considerable renombre juzgándosele como una de las más firmes promesas de la pintura local. En 1912 participa con notable éxito en la que sería la más importante muestra artística celebrada en la capital castellana, la Exposición Regional de ese mismo año, en la que presentó tres obras, una de ellas un paisaje de Cabezón de Cerrato, muy elogiado por la crítica.

Cabezón de Cerrato
Tras un breve periodo de inactividad y apatía, en el que el pintor vivió algo apartado del mundillo artístico, en el invierno de 1914 se presentó al concurso convocado por el Círculo de Bellas Artes de Madrid para la obtención de tres pensiones. De los treinta pintores que optaron a dichas becas, el jurado otorgó por unanimidad los galardones al gaditano José Cruz Herrera, al paisajista madrileño José Robledano y al propio García Lesmes. Terminada dicha pensión, en 1915, él y sus dos compañeros hicieron una exposición de sus obras en el Salón de Arte Moderno de Madrid, figurando del vallisoletano doce paisajes que fueron muy celebrados por la crítica madrileña En diciembre de 1916 montó otra exposición en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.
Ilusionado por estos primeros triunfos, comienza a viajar y exponer en otras capitales. Así, en 1917 permanece durante algún tiempo en Segovia, cautivado tanto por la belleza de los rincones de la vieja ciudad castellana, como por el pintoresquismo y sobriedad de sus pueblos y paisajes cercanos. Allí pinta alguna de sus obras más características: El Monasterio del Parral, Pedraza de la Sierra, El barrio de San Lorenzo, El barranco de Tejera, La puerta de San Bartolomé, El Duratón, Capea de Sepúlveda…, destacando entre todas el espléndido Barranco de las brujas, lienzo que sería enviado por el pintor a la Exposición Nacional de Bellas Artes de ese año, obteniendo una tercera medalla y el elogio unánime de la crítica.

El Monasterio del Parral
Pedraza de la Sierra
Barranco de las brujas
Capea de Sepúlveda
De Segovia marcha al norte de España, pintado en Santander y Bilbao, en cuyos Ateneos expone con éxito sus obras, en el verano de 1919. De su estancia en Santander se conocen varias marinas y algunos paisajes montañeses: Los ojos del puerto, La Peña del Diablo, Peña Castillo desde Ciriego… En la ciudad vasca pinta algunos paisajes nocturnos de la Ría de Bilbao, de sorprendente modernidad, en las que son evidentes los contactos con Regoyos y su plena asimilación de las tendencias post-impresionistas.
A su regreso a Valladolid, en octubre de ese mismo año, celebró su primera exposición importante en su ciudad natal, reuniendo treinta de sus últimas obras en los salones de la Casa Consistorial. Junto a los paisajes segovianos, destacaron por su enorme interés los que tenían por escenario las calles de Valladolid y sus alrededores. Algunos de ellos ofrecían entrañables rincones de la ciudad: La Plazuela del Corrillo, la Calle de la Caridad, La Cuesta de la Maruquesa… Sin embargo, los más característicos eran sus magníficas interpretaciones de los campos y llanuras del paisaje rural castellano (Rastrojos, La Plaza de Tordesillas, etc.).

La Plazuela del Corrillo
La plaza de Tordesillas
Tordesillas
Todas estas exposiciones sirvieron para asentar firmemente su prestigio, que va a verse reconocido con un nuevo galardón en las Exposiciones Nacionales. En 1920 recibe condecoración por uno de sus más representativos paisajes segovianos, Carretera de Zamarramala. A la de 1922 presenta dos magníficos paisajes castellanos, Campos de Fuensaldaña y El Barranco de la Tejera, alcanzando con el primero la segunda medalla de la Exposición. Es éste uno de sus más bellos paisajes de las llanuras de Castilla, donde vemos un concepto totalmente alejado del tópico de la Castilla parda y sombría. Por el contrario, se nos muestra una refinada gama de tonos grises, rosas y azules, que componen una cuidada sinfonía de colores, un paisaje recio y varonil, pero al mismo tiempo, delicado y exquisito.
Menor suerte tuvo el pintor en la Nacional de 1924 a la que acudió con dos obras pintadas el año anterior: Valdenebro de los Valles y El Palomar del cura. El 12 de junio de ese mismo año, contrae matrimonio, en la parroquial de San Lorenzo de Madrid, con Luisa Santos Chamorro.

Aurelio García Lesmes junto a su esposa Luisa Santos Chamorro
Valdenebro de los Valles
La consagración definitiva como paisajista de Aurelio García Lesmes tendría lugar en 1926 en la Exposición Nacional de Bellas Artes, certamen en el que el pintor presentó dos de sus más logrados paisajes y de los campos castellanos: Rastrojos y Campos de Zaratán, por el que se le concedió la primera medalla, óleo en el que triunfa una vez más esa fina percepción de la luz alta de Castilla, esa sensibilidad y sincera visión de la desnudez y soledad del paisaje, formado casi exclusivamente por tierra y cielo. Para celebrar tan destacado triunfo, este mismo año, un buen número de escritores y artistas celebraron un banquete en su honor el 20 de julio en el restaurante Spiedum de Madrid, y entre los organizadores del acto figuraban nombres tan ilustres como los de los escritores Valle-Inclán y Ramón Pérez de Ayala, los pintores Julio Romero de Torres y su paisano Anselmo Miguel Nieto, el eminente histólogo vallisoletano Pío del Río Ortega y el escultor Juan Cristóbal.

Rastrojos
Campos de Zaratán
Además de la obtención de la primera medalla, hecho que encumbró a García Lesmes en el ambiente pictórico madrileño, otro acontecimiento de especial importancia en su carrera fue su participación en la exposición organizada por la Agrupación de Paisajistas Españoles, asociación a la que pertenecía García Lesmes. En dicha muestra, inaugurada en enero de 1928 en los salones del Círculo de Bellas Artes de Madrid, tuvo ocasión de colgar sus cuadros al lado de los más celebrados paisajistas del momento, como Joaquín Mir, Timoteo Pérez Rubio (marido de la novelista Rosa Chacel), Jaime Morera, Aguado Arnal, Winthuysen, Robledano, etc. En la exposición se abría paso de manera decidida ese nuevo concepto del paisaje, caracterizado por su sencillez y sinceridad, un paisaje de extraordinario encanto poético y gran riqueza cromática que suponía la aceptación de muchos aspectos derivados del Impresionismo e incluso su superación, siguiendo en algunos casos fórmulas más avanzadas.
En 1929, García Lesmes se presenta por última vez a la Exposición Nacional de Bellas Artes, que ese año se celebraba excepcionalmente en Barcelona y tenía rango de internacional, concurriendo con dos paisajes sin que ninguno de ellos obtuviera premio. Crece durante todo este tiempo el renombre del pintor, que será invitado reiteradamente a participar en importantes certámenes y exposiciones, tanto en España como en el extranjero. Así, en 1920 y 1921 expuso en Londres; en 1922 participó en la Exposición de Venecia; en diciembre de 1929 fue invitado por el Instituto Carnegie a exponer junto con otros pintores españoles, primero en Pittsburg (Pennsylvania), de Baltimore y St. Louis; y por último en 1931 concurrió a la Exposición de Arte Español celebrada en Oslo.

Caricatura de Aurelio García Lesmes, por Geache, publicada en El Norte de Castilla, 18-XI-1930

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PINTORES VALLISOLETANOS OLVIDADOS: Aurelio García Lesmes II

BIBLIOGRAFÍA
  • BRASAS EGIDO, José Carlos y ORTEGA COCA, María Teresa: “Aurelio García Lesmes”, Vallisoletanos: Colección de semblanzas biográficas, Obra Cultural de la Caja de Ahorros Popular de Valladolid, Valladolid, 1983, pp. 115-142.
  • BRASAS EGIDO, José Carlos y ORTEGA COCA, María Teresa: García Lesmes (exposición), Banco de Bilbao, Valladolid, 1981.

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